Entre místicos algodones

 

“PRIMER NOMBRE”, Joana Cera

 

Galería The Goma

Cl. Fucar, 12, 28014 Madrid

17 noviembre 2022 – 22 enero 2023

 

 

Salimos entrando en la galería, abandonamos la mundana realidad que nos envuelve, las callejuelas del Barrio de las Letras, para introducirnos en el delicado mundo de Joana Cera.

La sencilla distribución y modestas dimensiones de la galería armonizan con la intencionalidad que Cera, asistida por los responsables de la galería Borja Díaz y Carlos Fernández Tello, pretendió trasladar a su exposición, una delicada inmersión intimista.

 

Fotografía de escultura sin título, extraída de la página de la galería.

 

La galería The Goma destaca desde su fundación por su compromiso con el arte conceptual contemporáneo, principalmente español, sin más límite expresivo que el condicionado por las mencionadas acotaciones de espacio. Focaliza sus exposiciones en artistas emergentes y de media carrera, normalmente nacidos a finales de los 70, salvo alguna excepción como el de Cera, léase entre otros: Javier Arce, Ernesto Burgos, José Díaz, Cristina Garrido o Ana Santos.

 

Joana Cera (Barcelona, 1965), tras licenciarse en Bellas Artes se especializa en escultura e instalación -nieta de escultor e hija de técnico en talla de piedra-, sin descartar el vídeo, el dibujo o la performance. Ha realizado exposiciones individuales en la Fundación La Caixa en Barcelona, Fundación Santa María en Albarracín, Fundación Suñol o en la galería Alegría. Pertenece a esa generación que emergió en la década de los 90 en Barcelona: Luís Bisbe, Alberto Peral o Javier Peñafiel. Obtuvo becas como residente en “Arteleku” (extinto Centro de Arte de la Diputación Foral de Guipúzcoa) y en la Real Academia de España en Roma, donde se empieza a interesar por las esculturas parlantes y la utilización de la cera de abeja como material y soporte. Su producción artística es muy limitada, no duda en recurrir a técnicos para que materialicen sus diseños. Tras cierta relevancia en los 90, prácticamente desapareció, centrándose más en la investigación.

 

La obra que hoy nos ocupa nos rodeada de misterio, aura que se percibe al discurrir precavidos entre lo terrenal y espiritual. Nada es estridente en las dos salas que componen la exposición, la premeditada disposición de las piezas tergiversa la teórica autonomía de cada una de ellas, haciéndonos creer que estamos ante una única instalación con ciertas reminiscencias paisajísticas. Por otro lado, el que la disposición se haya adaptado al espacio expositivo, hace que la obra en su conjunto sea efímera e irrepetible.

 

Fotografía vista general de sala, extraída de la página de la galería.

 

Como materiales recurre a diferentes piedras y minerales, jugando con la mezcolanza que genera la dureza de éstas y la fragilidad de la obra. Dualidad que percibimos ante un querer tocar y el ¡no!, que nos autoimponemos de por si acaso, algo quebramos. Ese pensar que en cualquier momento podemos rozar y dañar alguna de las esculturas, hace que la instalación se convierta en performática. Si discretos observamos a los visitantes, comprobaremos cómo gestionan meticulosamente sus movimientos condicionados por la prudencia. A su vez, el recurso de reproducir suelas o… ¿huellas?, unas estáticas y otras que recrean movimiento, nos invitan a creer que corresponden a la artista, sintiendo su presencia e induciéndonos a seguir las instrucciones que silenciosas nos marcan, sea con la vista o con todo el cuerpo.  

 

Fotografía vista general de sala, extraída de la página de la galería.


Significativa la parca y ambigua nota de prensa de la galería, en la que transcribe unas declaraciones de Cera: Dice la artista que no sabe de qué trata la exposición, que no le interesa explicar, que estará inmersa en el proceso hasta el día que inaugure y que cada día cambia; que ella misma espera entenderla cuando la vea montada.

 

Sin más base científica que una, seguro, desangelada elucubración, y tras haber consultado las propiedades supuestamente energéticas de los minerales que utiliza, se podría percibir de la exposición, una pretensión por parte de la artista, de huida del entorno tangible y social, una búsqueda de espacios más…, más acogedores. Recurriendo a la litoterapia: la pizarra y el grafito transmiten seguridad y estabilidad, y alejan las alteraciones mentales; el alabastro facilita el perdón y ayuda a recuperarnos de la pérdida de personas queridas; las caracolas evocan a los ancestros para espantar a los demonios; la rosa del desierto controla los estallidos emocionales y absorbe las negatividades de los celos y la envidia; la piedra negro belga…

 

Fotografía de escultura sin título, extraída de la página de la galería.


La obra de Joana Cera sumerge en un dejar de ser adultos; entrar en su exposición es un salir del frenesí de la cotidianidad; rodeados de los diferentes poderes telúricos de sus seleccionadas piedras nos llevan a lo primitivo, ritual, encriptado y místico. Trasciende lo espacial para abducirnos -si nos dejamos- a lo existencial.

 

El cómo entremos saliendo de la galería y la transcendencia mística que haya podido calar en nuestro imaginario será -de Perogrullo-, proporcional al interés en adquirir una de las piezas -o todas- de la artista.

 

Joan Arnau

Comentarios

  1. Algunas erratas o expresiones raras: como "Salimos entrando", "nos rodeada de misterio" o "piedra negro belga". Por lo demás me temo que es una crítica demasiado simpatética. A mí no me produjo tanta emoción, tanta inquietud ni tanto misterio. De hecho no me produjo ni frío ni calor. Aparte de ser reacio a las advocaciones místicas o alquímicas de los materiales, me espanta cuando un artista presenta su obra diciendo "que no sabe de qué trata la exposición, y que no le interesa explicar". Porque si ella misma no lo sabe, ¿por qué lo tengo que saber yo, que no soy un espectador cómplice?
    Por último, sorprende que la trascendencia mística de las obras dependa del interés comercial o mercantil por adquirir las piezas. Parece una contradicción.

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