Fantaseando con el cristal
FANTASEANDO CON EL CRISTAL
Pauline Boudry | Renate Lorenz
El cristal es mi piel
Coordinación: Soledad Liaño
Palacio de Cristal del Parque del Retiro de Madrid
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
P.º de Cuba, 4, 28009 Madrid
7 de octubre de 2022 – 9 de abril de 2023
La visión crítica moderna, orientada a desdeñar o menospreciar eventos históricos pasados, sin tener en cuenta la realidad de la época en cuestión, puede llevar a una simple superioridad moral carente de sentido. Algo que, hoy en día, parece ser cada vez más mainstream dentro del arte contemporáneo. Sin embargo, estudiar comportamientos pasados cuestionándolos y confrontándolos traslada nuestra mirada a lugares de mayor tolerancia, comprensión y empatía.
Este es, según las artistas Pauline Boudry (Suiza, 1972) y Renate Lorenz (Alemania, 1963), el objetivo de «El cristal es mi piel» al adueñarse del interior del Palacio de Cristal hasta abril de 2023. Una exposición supeditada al espacio y su pasado; el Palacio de Cristal abrió sus puertas en 1887 con motivo de la Exposición General de Filipinas dentro del marco de las denominadas Exposiciones Universales que se desarrollaron en las principales ciudades europeas a mediados del siglo xix. La primera tuvo lugar en 1851, en el Crystal Palace de Londres. Estas arquitecturas, que aunaban dos materiales industrializados como son el hierro y cristal, suponen una síntesis global de la Revolución Industrial, entendida en su sentido más amplio, como la conjunción de tres elementos clave: la época de la industralización, del intercambio cultural y de la reivindicación de la “marca-nación”. Nuestro lugar expositivo, el Palacio de Cristal, es un ejemplo vivo de todo aquello.
Gran parte de lo que se exhibió en aquella época puede actualmente encontrarse en el Museo Nacional de Antropología. En 2017, este reflexiona sobre esta parte de su colección con la exposición Imágenes de una Exposición. Filipinas en el parque de El Retiro, en 1887. Esta, finalizaba su recorrido con un juego de espejos, en el que el público podía ver reflejada su propia imagen junto a los retratos de algunos de los hombres y mujeres filipinos que protagonizaron muchas de las escenas de las imágenes contempladas a lo largo de la muestra. Se trataba de «una invitación a la reflexión personal».
Gracias al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, actualmente, el Palacio de Cristal es un espacio abierto al arte contemporáneo que busca revisar este pasado colonial. Un lugar óptimo para acercar el arte contemporáneo a madrileños y turistas que visitan el concurrido edificio del Retiro. También en esta ocasión las artistas parten de la presencia y herencia colonial del edificio, quieren plantear otras posibles historias pasadas y futuras, teniendo siempre de fondo una pregunta: «¿Qué sucedería si el Palacio hubiera sido construido con un propósito diferente, si se hubiera empleado para establecer relaciones diferentes?» Así, seis escenarios azogados, las sorprendentes máquinas de humo y los diecisiete altavoces distribuidos a lo largo del lugar, dan voz al cristal; buscando convertir toda la instalación en «una especie de fantasma que quizá está preparándose para vengarse» cuenta Lorenz.
Los escenarios, inaccesibles para cualquiera, invaden el inmueble y pretenden mostrar al verdadero protagonista de la instalación, el Palacio. Además, devuelven un reflejo distorsionado, no solo de aquel visitante que busque mirarse o fotografiarse, sino también de este personaje, lo que reitera en la hipótesis de pasados alternativos.
El humo, invisible en nuestra visita por daño climático, se apropia del espacio en diferentes momentos del día. Llena ese vacío vítreo y opaca el cristal imaginando un espacio envuelto en su propio pasado y buscando cuestionar la transparencia de sí mismo. «La idea de crear esta opacidad de forma repentina en la cual nos volvemos invisibles es también una forma de resistencia» dice Pauline. De hecho, este juego de transparencias y reflejos con el cristal y los espejos quiere remitir al club queer como espacio alternativo, sin embargo, el humo parece tender más bien a crear un ambiente incierto, trasladando el interés del visitante a un mera —pero maravillosa y sorprendente— distracción. Una ambigüedad que aleja al espectador de una experiencia inmersiva real.
La canción de Aérea Negrot —que comparte título con la exposición— da voz al edificio y lo convierte de nuevo en sujeto de la instalación. Una voz efímera que convierte el palacio en un un espacio que aspira a la performance: invita al espectador a transitar por la sala y seguir la música a través de los altavoces que recorren el perímetro.
Según Soledad Liaño —coordinadora de la exposición— «estos tres ejes «de alguna manera cuestionan la normatividad de nuestras narrativas históricas». Sin embargo, plantear un pasado alternativo proponiendo el club queer como espacio arquetípico fuerza al propio espacio a convertirse en una especie de discoteca pública que no solo está desvirtuando el objetivo de las artistas, también está creando un espacio de ambigüedad e incomprensión para los visitantes. En esta línea, ya el dossier de la exposición pincela una carencia de tolerancia comprensión y empatía en la que es posible caer: «Re-imaginar el Palacio reflejado en los escenarios y oculto detrás del humo no favorece una reconciliación sencilla. Más bien, relaciona el edificio con los vestigios queer de un posible pasado alternativo».
Ciertamente existe una clara transición de un arte expuesto como riqueza española en 1887 a un arte expuesto como actitud socio-política. La instalación es ambiciosa, pero superficial en su discurso, críticamente tímida; sería más correcto pensar esta exposición como una invitación a la reflexión —igual que aquella del Museo Nacional de Antropología—, que indaga, reanima, rebobina, despierta el pasado… pero no cuestiona. Imagina una historia de transparencia entorno al pasado del edificio.
LAURA RAMOS BARBERO



El fondo de tu crítica es correcto y simpatizo con ese punto de vista.
ResponderEliminarTienes un problema con las comas, algunas erratas y cuestiones menores de estilo.
Y, por cierto, las críticas de arte no llevan notas al pie.
EliminarCierto, gracias.
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