Cristales de humo en el Retiro
El cristal es mi piel
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Palacio de Cristal)
P.º de Cuba, 4
28009 Madrid
6 de octubre de 2022 – 9 de abril de
2023
Las artistas Pauline Boudry y
Renate Lorenz reinventan el espacio proporcionado por el Palacio de Cristal a
través de una extravagante instalación que puede verse desde este 6 de octubre
y hasta su fin el 9 de abril del próximo año. La muestra, creada
especialmente para la ocasión, va en sintonía con algunos de los marcos
teóricos y narrativas que el Museo Reina Sofía maneja desde hace unos años. Por
tanto, esta exposición bebe tanto de lo queer como del giro poscolonial en
las prácticas artísticas, todo bajo un mismo espacio que queda totalmente
alterado debido al uso de distintos dispositivos.
Lo ideal será empezar por lo más
llamativo de la muestra, el humo que imbuye el espacio con un aura muy
característica; un aura que las autoras relacionan con las densidades que se
pueden encontrar en un club queer donde todos los cuerpos danzan al
unísono. El tránsito por este espacio debe provocar una sensación similar a la
que produce ese paso final hacia el escenario o pista, lleno de humo, donde el
espectador pasa a ser una figura actuante, en este caso dentro de un Palacio de
Cristal que pide ser resignificado para huir de su oscuro pasado colonial. Este
último punto será la otra gran base sobre la que se sustenten las intenciones
de las artistas, que oscilan alrededor de las posibilidades que ofrece una
nueva mirada sobre un pasado marcado por los intereses colonialistas de las
mentes pensantes detrás del Palacio de Cristal. A través de un ejercicio
concienzudamente anacrónico, las autoras piden repensar este palacio ahora
descontextualizado de sus orígenes en un nuevo espacio alternativo, donde las probabilidades
de cambio son posibles si se miran desde una perspectiva queer, donde lo
queer queda supeditado a la indeterminación que caracteriza al término ontológicamente.
La instalación de Boudry/Lorenz
termina de completarse con una serie de soportes que funcionan como espejo tanto para los espectadores como para el Palacio de Cristal, pues este se ve
reflejado y a la vez deformado en los mismos. Mientras tanto, la música
compuesta por Aérea Negrot invita al movimiento constante de unos visitantes
que durante los primeros días pudieron contemplar a la propia Negrot actuando
dentro de la obra, en un juego que oscila entre la danza, la escultura y la performance.
Bajo todo este compendio de elementos e ideas se presenta una instalación muy
llamativa en su forma y que no deja indiferente a nadie, pues el espacio, tal y
como auguraban las artistas, pretende evocar ese ambiente de cultura ballroom
que en ocasiones da con el visitante adecuado que termina de activar la obra al
bailar al ritmo de una música que suena constantemente.
Sin embargo, dentro de lo atractivo de la instalación se pierde todo un campo conceptual que acaba de ser igual de borroso que la visión dentro del espacio. Las críticas al pasado colonial no acaban de verse atinadas del todo, en gran parte debido a que el peso de la instalación estará marcado por la noción de lo queer, el género y lo transgresor, todas ellas mucho más acertadas que el resto de problemáticas que pretenden atisbar las artistas. La referencia a la idea moderna de transparencia aquí queda literalmente difuminada, algo que para según quién lo mire puede resultar algo contradictorio. Pero a pesar de ello y a diferencia de otras muestras pasadas del Palacio de Cristal, esta si invita a ser revisitada y contemplada con mayor detenimiento, aunque sigue estando algo lejos de la espectacularidad de otras recientes como la ejecutada por Carlos Bunga titulada Contra la extravagancia del deseo.
Por otra parte, instalaciones
de este tipo, donde se conjugan distintos tipos de medios electrónicos presentan
una serie de problemas externos a la obra pero que aun así son reseñables desde
el punto de vista de la conservación. Tal es el caso particular de nuestra
visita como grupo a la exposición, donde los dos elementos que daban un mayor
sentido a la obra se encontraban bajo reparación: el humo y la música. Por
ende, tan solo pudimos asistir a una exposición de espejos con distintos
formatos que por su disposición poco convencional resultaron cuanto menos
divertidos de ver.
A pesar de la forma un poco difusa
con la que se pretende escrutar y criticar una construcción heredera del
colonialismo y de los reversos de la modernidad, la instalación acierta en todo
lo demás, pues por momentos pareciera que los visitantes son protagonistas de
una performance en la que no tenían pensado participar de antemano. El gran
espacio que se dispone para recorrer la instalación, acompañado de las
distintas posibilidades para activarla a través del tacto con los espejos o el
choque con los muros de humo, dan como resultado una exposición agradable como
experiencia y que suma una modificación más a un Palacio de Cristal al que el
Museo Reina Sofía cada vez cede más protagonismo dentro de su programación.
Francisco Villalobos
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarBueno, bien. Parece que la defiendes parcialmente a pesar de que era un absoluta fracaso.
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