"Comienza", o de cómo hacer arte queer sin lo queer.
“Comienza”, Mariela Scafati
Galería Travesía Cuatro
Calle de San Mateo, 16, 28004 Madrid.
19 nov 2022 - 4 feb 2023
"Comienza", o de cómo hacer arte queer sin lo queer.
La artista argentina Mariela Scafati nos trae junto con la galería Travesía Cuatro, situada en el madrileño barrio de Malasaña, una nueva muestra de su trabajo como artista en solitario. La exposición, que va a estar abierta al público desde el 19 de noviembre de 2022 hasta el 4 de febrero de 2023, es una muestra más de su investigación personal en relación a la experimentación con los límites de la pintura y cómo ella se relaciona con éstos como mujer queer.
Scafati, aunque reside en Buenos Aires, no es nueva en la escena artística española. Recientemente, uno de sus trabajos realizado junto al colectivo Serigrafistas Queer, del cual forma parte, fue expuesto en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía para la exposición temporal Giro Gráfico, llevada a cabo por la Red de Conceptualismos del Sur. Además, su obra también está expuesta actualmente en Collegium en Arévalo, Ávila. En general, la artista trabaja en colectivo en grupos como Cromoactivismo, Taller Popular de Serigrafía o, el anteriormente mencionado, Serigrafistas Queer. Sin embargo, y como ya he comentado al principio, en este caso la artista nos brinda una muestra de su trabajo en solitario: menos combativo, más íntimo, igualmente queer.
¿Qué hace que un cuadro sea un cuadro? ¿De qué maneras podemos afectar a la pintura para que ésta deje de serlo? Estas son dos de las preguntas más recurrentes en la indagación de la artista. En esta búsqueda, trabaja sobre géneros tradicionales de la pintura como lo son paisaje o el retrato. En su caso, la manera de afectar a los cuadros es agrupándolos en instalaciones masivas que recorren las paredes y el techo del espacio. Para ello, Scafati ata los cuadros entre sí y los cuelga usando la técnica del bondage.
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| Comienza, vista de instalación Mariela Scafati, 2022. © Galería Travesía Cuatro |
En la primera sala, nos encontramos con una imponente instalación en la que reinterpreta el género del paisaje. Todos los lienzos, monocromáticos, amarillos, conforman una sola obra, un único paisaje. Nos situamos frente a un campo de color literal. La artista, que se encuentra muy familiarizada con la historia del arte, usa una técnica museística del siglo XIX que consistía en colgar los lienzos inclinados hacia el suelo conforme éstos se iban ubicando más arriba en la pared. Con ésto, consigue una sensación de continuidad que nos remite a la idea inicial de que toda la instalación forma un solo paisaje. Además permite la posibilidad de visionado desde distintas posiciones y perspectivas. Los visitantes podríamos, por ejemplo, acostarnos en el suelo a ver los cuadros.
En la segunda sala, menos impresionante, más austera, nos encontramos con tres figuras humanas conformadas por lienzos atados usando la técnica del bondage. Como he dicho anteriormente, Scafati parte de su experiencia vital para realizar sus piezas y esta que nos atañe no es la excepción. La artista lleva más de diez años practicando el bondage en su vida privada y lo traslada a su vida artística en forma de estos maniquíes pictóricos que construye. Al disponer los lienzos de esta manera y humanizarlos, Scafati crea una manera alternativa de relacionarlos con la pintura, ya no vemos únicamente lo que está representado en el lienzo, sino que vemos más allá: vemos los listones que conforman el bastidor, las grapas, el pegamento… Todos estos elementos construyen a la pintura pero no se consideran parte de esta, lo que tradicionalmente se considera pintura es lo que está representado. De esta manera, vemos, como dice la autora, la pintura desnuda. Así, nuestro modo de relacionarnos con ésta también cambia, ya no somos un espectador frente a un cuadro, sino uno que puede rodearlo y que se encuentra también rodeado de ellos. Sin embargo, y para que esta crítica no resulte tan afable, esta sensación de estar rodeada por esta pintura desnuda no es tan notable en esta segunda sala que, en comparación a la anterior, se queda un poco corta y pierde la potencia e impresión que causan las piezas que se encuentran nada más entrar en la galería.
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Mientras paseaba por la exposición, no podía evitar tener una sensación de que lo que estaba viendo era profundamente queer. Quizá era sugestión, debido a que ya conocía la trayectoria en colectivo de la autora, o quizá había algo más. Queer, aunque sea un insulto reapropiado por la comunidad LGBTQ+, en su versión más literal puede traducirse como extraño o retorcido. La manera en la que la artista retuerce, desnuda y descoloca la pintura me parece que conecta muy bien con lo queer, lo raro. Al igual que la Teoría Queer pretender retorcer, desnudar y descolocar el género (en el sentido más positivo de estas palabras), Scafati hace lo mismo con este medio. Es de esperar que una artista perteneciente al colectivo que trabaja desde la experiencia deje una impronta de su identidad sobre las obras que crea. Aún así, esta sensación de lo queer puede no ser percibida por públicos que no pertenezcan al colectivo, sin que esto influya en la calidad de las obras.

Horizonte, vista de instalación, Mariela Scafati, 2022 © Artsy
Antes de concluir esta crítica, me gustaría realizar un apunte sobre un aspecto curatorial de la muestra que me resulta bastante acertado. No hay texto de sala convencional, sino que ese texto lo componen un poema de Mariano Blatt y un escrito de la propia Mariela Scafati. Esta práctica es bastante común en la galería, en cada exposición invitan a un artista o escritor para que realice un texto que acompañe a la muestra. En este caso, el poema, titulado Pensalo, es el perfecto acompañante de la obra de la primera sala, ya que crea un paisaje literario que nos transporta a la calidez de una tarde soleada en cualquier rincón de Buenos Aires. Por otro lado, que el texto de sala más formal esté escrito por la artista también casa muy bien con la muestra, ya que el proceso creativo de Scafati es muy experiencial, así que quién mejor que la propia artista para hablarnos de su obra. Por último, como decisión curatorial de la galería me resulta una manera de diferenciarse del resto de galerías y de aportar un nuevo acercamiento a cómo concebimos que deberían ser los textos de sala.
En resumen, Comienza es una muestra envolven e imponente, con muchas capas de lectura en la que el trabajo y la trayectoria de la artista se ven bien reflejados, que invita a pasearse más de una vez por esos paisajes que Scafati nos propone y que mantiene su esencia queer sin ser exuberantemente obvia.

Bueno, bien. No sé si ofrecer un poema como texto curatorial ayuda mucho al espectador en la comprensión de la obra.
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