Sobre la utopía en el Palacio de Cristal

‘El cristal es mi piel’, Pauline Boudry y Renate Lorenz

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Palacio de Cristal, P.º de Cuba, 4, 28009 Madrid

7 octubre, 2022 - 9 abril, 2023



El Palacio de Cristal en Madrid abre de nuevo sus puertas para acoger la instalación site-specific del dúo artístico formado por Pauline Boudry (Suiza, 1972) y Renate Lorenz (Alemania, 1963).


En 2007, las artistas afincadas en Berlín comenzaron su andadura en conjunto. Su trabajo se mueve dentro del terreno interdisciplinar, incorporando elementos performáticos y sonoros en sus instalaciones, caracterizadas por una continua negociación entre su estatus como realidad o ficción. Tras su éxito en la Bienal de Venecia con ‘Retrocediendo’ y en la Whitechapel Gallery de Londres con ‘(Sin) Tiempo’, llegan al Retiro madrileño para presentarnos ‘El cristal es mi piel’.


Bajo la gestión y comisariado del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), El Palacio de Cristal inaugura cada año peculiares expocisiones temporales cuyas ambiciosas puestas en escena nos permiten revisitar la obra arquitectónica de Ricardo Velázquez como si fuera la primera vez. Debido a su concepción original como espacio expositivo para la polémica Exposición General de las Islas Filipinas en 1887, hoy es un espacio de relectura poscolonial al servicio del arte contemporáneo.


Es precisamente donde lo poscolonial conoce a lo queer que Boudry y Lorenz sitúan su nueva instalación. Las esculturas reflectantes que conforman ‘El cristal es mi piel’ dominan el espacio y emulan las plataformas o escenarios de los clubes queer, símbolos de liberación para aquellas identidades históricamente marginalizadas. No obstante, de estas esculturas emanan intermitentemente corrientes de humo. La luz que normalmente inunda este diáfano palacio se contamina de matices mediante la niebla artificial, escenificando una suave alternancia entre la transparencia y la opacidad. En otras palabras, se trata de un péndulo que se columpia entre lo visible y lo invisible; entre lo normativo y lo marginal. 




Vista de la exposición Pauline Boudry / Renate Lorenz. El cristal es mi piel, 2022


La naturaleza reflectante de las esculturas, hechas con espejos de superficie irregular, también se encarga de devolvernos una imagen distorsionada no sólo de nosotras mismas, si no también de la arquitectura de origen colonial que nos rodea. Es razonable que esta imagen nos pueda transportar a aquella distorsión grotesca de la realidad que subyace en el esperpento como género literario. Sin embargo, lejos de esta similitud basada únicamente en un parentesco visual, Boudry y Lorenz emplean la distorsión en su instalación para reimaginar nuestro presente de una forma alternativa; para soñar con un pasado utópico que nunca fue; y para hacerse preguntas sobre un futuro poscolonial que ya debería haber sido.


Sin opacar esa parte de nuestra historia que debería avergonzarnos como antigua potencia colonizadora, las artistas afirman que si el edificio pudiese hablar por sí mismo contaría una historia diferente. Rodeando el perímetro interior del palacio se han colocado altavoces para dar voz al palacio como recurso poético. A través de ellos se escucha la voz de la cantante y compositora venezolana Aérea Negrot interpretando la canción que da nombre a la exposición. De esta forma, el palacio habla de sí mismo como un “humo sin género”, aludiendo a la cultura queer y los estudios de género que atraviesan la práctica artística de Boudry y Lorenz. Además afirma “el cristal es mi piel, la niebla es mi droga”, apuntando hacia la forma en que los propios materiales que constituyen la obra arquitectónica de Ricardo Velázquez se entrelazan con el humo y los espejos de la instalación para generar una performatividad donde el propio palacio se convierte en un actor más.


Vista de la exposición Pauline Boudry / Renate Lorenz. El cristal es mi piel, 2022


En su influyente ensayo ‘Arte y Objetualidad’ (1967), el crítico de arte estadounidense Michael Fried destacó las notables cualidades de la escultura minimalista - con alusión a artistas como Donald Judd y Robert Morris - para potenciar la activación del espectador mediante la reducción de elementos escenográficos. 


Entendiendo ‘El cristal es mi piel’ como escenografía, una lectura contemporánea de la teoría de Fried nos permite observar si, en efecto, la escultura minimalista consigue ese objetivo de movilizarnos a la participación colectiva en nuestro entorno. Pese al intento de Boudry y Lorenz de establecer cierta relación de cercanía con el público a través del carácter epistolar del texto de sala, la realidad es que dentro del palacio abundan las ‘selfies’. Colectivamente, la única tendencia clara que tenemos es la de acercarnos a las esculturas para hacernos ‘autofotos’. Pese a la colectividad implícita en este fenómeno, el análisis morfológico de la raíz de ‘selfie’ - ‘self’, que en inglés se refiere a ‘una misma’ - nos indica la respuesta: estamos ensimismados. Con o sin escultura minimalista, humo o cristal, estamos pensando de manera individualizada en la mejor forma de capturar nuestro reflejo con la vista más puesta en las redes sociales que en la complejidad conceptual que encapsula la obra. Sin embargo, este detalle dice más de nosotras que de ‘El cristal es mi piel’.


Mediante esta minimalista y autorreferencial instalación, El Palacio de Cristal trasciende su monumental objetualidad para convertirse en sujeto de una narrativa en torno al poscolonialismo queer. Nos suplica escuchar detenidamente su nueva - y efímera - voz para hacer una reflexión necesaria: ¿qué hubiese pasado si este espacio se hubiese concebido para un intercambio cultural en régimen de igualdad en vez de un sometimiento de culturas? 


¿Qué pasaría si existiese ese pasado alternativo y utópico que no volcase el peso de la colonización, la represión cultural y el adoctrinamiento sobre nuestro presente? 


¿Qué futuro nos depararía?


Pablo RA Paillole


Comentarios

  1. Muy bien Pablo. La primera exposición del Palacio de Cristal no fue polémica en absoluto. No hubo críticas negativas. Por el contrario, fue muy bien recibida. Solo recientemente se ha empezado a cuestionar su pasado como institución colonial. En cuanto a tu crítica, la encuentro muy acertada. Parece que la instalación de Boudry y Lorenz solo sirve para hacerse selfies.
    En tu texto hay una pequeña errata: "no sólo de nosotras mismas, si no también de la arquitectura". La conjunción adversativa "sino" se escribe todo junto.

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