LUCIO FONTANA: MÁS ALLÁ DE LA PINTURA
“Io sono uno scultore e non un ceramista”. Con esta máxima se definía Lucio Fontana en vida. Una máxima desconcertante en lo que a la exposición de la galería Helga de Alvear concierne, compuesta principalmente por figuras de terracota.
Lucio Fontana es un artista peculiar. Ítalo-argentino, nacido en 1899, comienza a formarse con su padre, escultor especializado en monumentos funerarios. El bagaje que adquiere en los viajes transatlánticos entre ambos países, marcará su vida y también su obra. En 1946 redacta junto a sus estudiantes de la Academia de Altamira en Buenos Aires el Manifesto Bianco, defendiendo desde este momento un arte que considera revolucionario. A partir de 1947, y con la publicación progresiva del resto de sus manifiestos, el Spazialismo irá tomando forma. Desde 1949, trabajará en su serie de Concetti Spaziali, desarrollando sus buchi o agujeros, y a partir de 1950 producirá sus conocidísimos tagli o cortes. Estos perforados y rasgados sobre el lienzo se han convertido para algunos en el símbolo del último gesto del artista viril y genio creador en el siglo XX.
Pero esto no es lo que ofrece la galería Helga de Alvear. Tras cruzar sus puertas, la sensación general es de estupefacción, una estética barroca recibe al espectador. La cerámica ha tomado el espacio y parece querer abolir la diferencia entre el arte vanguardista y lo kitsch que con tantas molestias Clement Greenberg se esforzó en construir. Colores, formas y figurativismo se alejan de los depurados tagli a los que el discurso de museos y curadores nos tiene acostumbrados.
Las cerámicas no datan de una época primitiva o muy tardía en el trabajo de Lucio Fontana, sino que experimentará con estos materiales y técnicas durante toda su trayectoria artística. Una recurrencia que no está presente en la carrera de otros artistas como Picasso, quienes llegan a esta práctica tras alcanzar plenamente su estilo y en su última etapa. El espacio de la galería aborda la producción de Fontana desde otra perspectiva, dando un giro casi radical a la concepción generalizada que se tiene de ella.
Las figurativas Battaglias son ya cercanas a la década de 1950, y los Crucifijos a la de 1960. Todos ellos son destacables dentro de la exposición y dentro de la difundida concepción de la obra del artista. Barroco y religiosidad, herencia de su formación, se unen con el futurismo en un arte que funciona como una “síntesis del movimiento histórico” para un “espíritu nuevo” en la “edad de la mecánica”, citando el Manifesto Bianco. Unas piezas llamativas, tanto por su técnica como por su estética. En estos momentos, y aunque el artista ya gozaba de cierto prestigio gracias a sus lienzos, continúa con su trabajo en cerámica y presentará, en obras como los Concetti Spaziali de 1959, sus tagli, pero en terracota. Introduce siempre ese “cuarto elemento”: el espacio real. Se aleja así del arte renacentista, evitando su representación del espacio, quizá en un ímpetu por alcanzar ese arte total barroco que todo lo integra.
La exposición no solo es sorprendente por la selección de sus piezas (préstamo de la galería alemana Karsten Greve), también por su carácter museístico. Un alarde de poderío y capital que sustituye a los artistas contemporáneos y emergentes, habituales en este espacio expositivo, por un artista consagrado, fallecido en 1968 y cuya obra se expone en museos de influencia internacional, como el MoMA o el Guggenheim. Todo un homenaje a José María Viñuela, comisario y gran apoyo de la Fundación Helga de Alvear en Málaga, tras su reciente defunción. Es, asimismo, un homenaje a la propia galerista: ambos han sido grandes admiradores de la obra del artista.
El conocimiento de estas cerámicas permite un distanciamiento de aquellos críticos que proclaman a Fontana como uno más de los “asesinos de la pintura”, incluso permite un “extrañamiento” de su mundo ilusorio, en términos brechtianos. Una fascinación casi fetichista por la muerte, que no hace sino revivir el objeto de deseo. “Grunge is dead” es una especie de aforismo de pretendida verdad utilizado por Kurt Cobain, quien populariza este estilo musical. “La pintura ha muerto” es la coletilla de muchos críticos oportunistas desde que el artista Paul Delaroche la pronunció al contemplar un daguerrotipo por primera vez. Y qué casualidad: justo el objeto al que Lucio Fontana ha dado supuesta muerte se vende en un mercado millonario. Una muerte no-muerte que ha intentado desechar precisamente a sus cerámicas.
Y es que su “yo soy escultor y no ceramista” nos remite de nuevo al límite entre la artesanía y las bellas artes, las artes menores y las artes mayores. Su cerámica, pese a su tactilidad y ese “no saber qué va a pasar” tan contemporáneo, ha sucumbido frente a sus lienzos, y ha sucumbido también frente a sus esculturas de gran formato. Porque él era escultor y no ceramista, él era artista y no ceramista. Escultor sobre el lienzo, como algunos se atreven a llamarle, una faceta que no hubiese sido posible sin su trabajo con la cerámica. Quizá la radicalidad y la visualidad de sus lienzos, en los que la introducción del espacio tiene más bien que ver con una postura de artista como genio creador y no con un trabajo artesanal y de reflexión, los han convertido en todo un éxito de crítica y masas, porque esto es de lo que se nutre la esfera artística. De jerarquía y presencias vehementes.
Pero esta exposición, junto con la que se realizó en el año 2019 en el Museo Guggenheim de Bilbao, da a conocer la cara oculta de uno de los artistas más relevantes del siglo XX. Ambas proclaman a un Lucio Fontana con una compresión del espacio más allá de la que sus lienzos nos transmiten. Un Lucio Fontana que habita el espacio y no solo lo violenta.
Lucía
Pérez García
30 de noviembre de 2022
Muy buena reseña, Lucía. Me gusta mucho. La Fundación Helga de Alvear tiene su sede en Cáceres, no en Málaga.
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